Mi esposo y yo dejamos nuestros lucrativos trabajos en el sector tecnológico en California y compramos una granja en Puerto Rico. Diecisiete años después, seguimos contentos con nuestra decisión.





Mi esposo y yo dejamos nuestras lucrativas carreras en tecnología en California y compramos una finca en Puerto Rico. Diecisiete años después, seguimos felices con nuestra decisión.

A pesar de que mi esposo y mi familia creen que nuestra decisión de salirnos de la matriz y vivir en una finca en las montañas fue espontánea, la verdad es que la gente no se levanta un día y simplemente se da cuenta de que no encaja. Ese momento de claridad es el resultado de años sintiéndose diferente. Después de todo, en la escuela superior, me eligieron como “la menos probable a conformarse”.

Tanto Paul como yo fuimos criados por padres de la era de la Depresión. Se esperaba que siguiéramos cierto camino: ir a la universidad, escalar la escalera corporativa, casarnos y tener 2.3 hijos.

Siempre fuimos piezas cuadradas en agujeros redondos. Paul y yo sabíamos que no estábamos hechos para el mundo corporativo ni para las trampas de la vida de clase media. Mientras nuestros compañeros se sentían cómodos siendo moldeados en “corporativistas exitosos” que buscaban ese estilo de vida, nosotros sabíamos que estábamos destinados a vivir en una montaña, en paz y soledad, criando algunos animales y sembrando nuestra comida.

Nuestros sueños siempre han estado alineados.

La idea de dedicar toda una vida a un trabajo que solo era satisfactorio el día de cobro —y cuando salíamos a comprar cosas para distraernos de la monotonía— nos dolía a ambos.

Mi esposo y yo empezamos a salir en 1997. En nuestra primera cita pasamos la noche planificando nuestra huida del mundo corporativo para vivir en una montaña. Sabíamos que teníamos que conformarnos unos años más para ahorrar el dinero necesario y hacer realidad nuestro sueño compartido. Nuestro estilo de vida nos permitía dos vacaciones al año, así que visitamos muchos lugares: Francia, México, varios estados de EE. UU. y Puerto Rico.

Ya llevábamos siete años casados y vivíamos en el sur de California cuando dejamos nuestros trabajos en biotecnología, en 2008. Cuando la empresa donde trabajábamos anunció despidos, lo tomamos como la señal que necesitábamos. Pusimos la casa en venta, recibimos nuestras últimas acciones y renunciamos a nuestros empleos.

La Isla del Encanto se sintió como hogar

Habíamos visitado Puerto Rico dos veces. La segunda vez nos quedamos en una finca de ocho cuerdas en un pequeño pueblo del interior. Mientras subíamos y bajábamos la montaña, imitábamos a los locales diciendo “¡Yo!” a todos los que veíamos. Probablemente la gente se preguntaba quiénes eran estos americanos con acento raro. Entre los dos, hablábamos apenas cinco palabras en español.

A pesar de la barrera del idioma, muchos nos invitaron a cenar a sus casas. Para el cuarto día, le dije a Paul: “Se siente como si hubiéramos estado viajando por 40 años y finalmente llegamos a casa.” Él estuvo de acuerdo.

La montaña nos llamó

Sabíamos que estábamos buscando una finca lo suficientemente grande para ofrecernos privacidad, espacio para animales y muchos árboles. Encontramos una finca de 15 cuerdas en el mismo pueblo donde habíamos vacacionado, llamado Utuado.

Cuando la compramos, tenía 8,000 matas de café, que reemplazamos con una colección rara de árboles frutales, palmas y bambú de diferentes partes del mundo tropical. Hoy día somos consultores para personas nuevas en la agricultura tropical. Criamos cabras, gallinas, patos y una cerdita mascota llamada Cora. Usualmente tenemos entre tres y cinco perros y varios gatos (todos afuera). Nuestras gallinas nos recuerdan cada mañana por qué tiramos el despertador.

Estuvimos aquí durante el huracán María en 2017. Nos tumbó el 40% de los árboles. Como todos los demás agricultores, hemos pasado los últimos ocho años reconstruyendo. Haber vivido el huracán más destructivo en la historia moderna de Puerto Rico junto a la comunidad de agricultura orgánica reforzó nuestro compromiso con la Isla y con nuestro estilo de vida.

Vivimos la vida que estábamos destinados a vivir

Nuestras familias ya dejaron de preguntar, “¿Cuándo regresan a casa?” Esta vez no tuvimos que recordarles: “Ya estamos en casa.” Lo entendieron cuando nos vieron reconstruyendo la finca con nuestras propias manos.

Hoy hablamos mucho más español que en el 2008. Me encanta que me llamen Doña, un título de respeto hacia las mujeres mayores. Aunque nuestro negocio de consultoría nos sostiene de muchas maneras, no ganamos lo que solíamos ganar. Aun así, pienso que nuestros peores días en la finca son mejores que nuestros mejores días en el mundo corporativo.

A veces me pregunto si, a pesar de no haber seguido los deseos de nuestros padres, si estuvieran vivos, ¿estarían orgullosos de nosotros? Espero que sí. Definitivamente he cumplido con la predicción que mis compañeros de escuela hicieron sobre mí.

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